Ayer, después de una semana de deliberación, supimos que Sirat. Trance en el desierto (2025) se convierte en nuestro representante en la anual ceremonia de la Academia Estadounidense. Una selección que siempre va cargada de polémica, pero que deja siempre un buen resumen de la producción nacional. Se seleccionan tres preseleccionadas para acabar una siendo la candidata oficial, que -salvando excepciones- representará oficialmente al país. Lo interesante más que la «ganadora» -porque no representa un premio y es más una elección de cinta que se pueda atener a los gustos de los Estados- es la selección inicial de las tres cintas de más «valor» de la producción española de este año.
Empezando por el filme de menos repercusión, Sorda (2025) es una cinta de pequeña escala y onda emoción. A partir de un hecho particular, una pareja de mujer sorda y hombre oyente se prepara para la llegada de su primera hija sacando a relucir todas las inseguridades de ambos, consigue hacernos reflexionar sobre la condición de la persona sorda y de su sitio en la sociedad. Una visión plenamente aperturista respecto a dicha condición en la que la directora Eva Libertad no perdona a ninguno de sus protagonistas. La cinta en un profundo análisis de personaje, lo que lleva a riñas, discusiones y cuestiones de las que todos son culpables. Una película atrevida que aún con una mirada muy costumbrista se mantiene con ritmo.
Pese a su excelente recorrido por festivales como Berlín o Málaga -donde se llevo todos los premios grandes-, Sorda no ha hecho tanto ruido como sus dos competidoras. Hablamos de que tanto Romería (2025) como Sirat. Trance en el desierto llegaron a la competición oficial del festival Cannes, con mayor suerte para la segunda, llevándose a cas el Premio del Jurado del festival.
Respecto a su compatriota en el festival, la recién estrenada en cines Romería es una nueva maravilla de la directora contemporánea más querida de nuestro país, Carla Simón. La catalana en apenas tres largos a creado un universo propio muy personal que mezcla costumbrismo y realidad con su propia vida. Aquí, en la búsqueda de Lucía por el pasado de su padre en su visita a Galicia, Simón busca exorcizar su pasado, además de mostrarnos un fantasma del pasado de España desde un prisma autoral. En un balance poético entre la romantización y la barbarie, el filme nos muestra el espectro de la droga en los inicios de la democracia, donde una generación de rebeldes fue mutilada por sí mismos y por su familia. Un filme bellísimo que si bien sigue el espíritu de la directora se abre a nuevos horizontes.
Por último, Sirat. Trance en el desierto. Una película iniciática sobre un padre y un hijo que entran en el desierto y la cultura rave en busca de la hermana pérdida. Una cinta deudora del western que arriesga tanto en imagen como en sonido, con una puesta en escena y producción poco vista en nuestro país. El tecno se cuela en la sangre guiando al espectador en un viaje hacia el fin. Si bien es cierto que fuera de la experiencia la trama no trasciende -demasiado ¿críptica?-, el verdadero problema es su trasfondo político. La película lo esconde y evita pero cuando el gobierno de un país denuncia un genocidio, no puede lavarse la manos respecto a otros. Lo dicho, la cinta no va de eso y si no investigas un poco es difícil sacarle relación con respecto al conflicto del Sáhara Occidental, pero que nos represente una obra que asimila este territorio como parte de Marruecos es peligroso. Es peligroso por su carga política y un poco su hipocresía. No creo que la selección de esta como la cinta candidata vaya por ahí, más bien concuerdo con Laxe, es una cinta de emociones fuertes, lo que la vuelve idónea para el pueblo norteamericana, pero es una mancha difícil de obviar en estos tiempos.

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