Un oficio del siglo XXI

por Darío Calvo

Defendiendo la política de autores. Tu blog de cine amateur.

No sabría decir el motivo, pero durante muchos años rehuí del cine de Almodóvar. Igual era ese necio desprecio común y extendido a todo el cine patrio. Un desprecio compartido por ciegos que empaña un legado incuestionable, el de la cinematografía española. Y en la cúspide de este, nuestro palacio, Pedro Almodóvar, el director español más conocido y amado. No vengo a cuestionar ese título, ni mucho menos, porque el cine de Almodóvar, por más distante o lejano que le pueda resultar a algunos, es en España, esa posibilidad de un cine de autor que atrae a las salas de cine.

Sin venir ahora a explicar su importancia ni defender su legado, algo que todo amante del cine debería hacer, tras haber digerido con placer y añoranza su cine vengo a pronunciarme sobre mi altar personal a su cine. Lo que sigue es un compendio de mis cintas favoritas del director manchego en orden cronológico. Es una opinión como muchas, no me la tengáis en cuenta.

Después de un despertar furioso tanto por su forma como por su fondo, en una España hambrienta de libertad, Almodóvar abandona la comedia para acercarse al thriller en Matador (1986), una cinta extraña en su mezcla de género y en su desbordante hispanidad. Dos asesinos, ligado por la pasión y el deseo tanto en lo sexual como en lo limítrofe con la vida del asesinato, se encuentran en un último y mortal encuentro. En esa carga de erotismo límite, la cinta atrapa, sobre todo en su final. También destaca su producción soberbia plagada de tonos rojos y trajes de luces. Si bien vista en perspectiva parece un experimento fallido se descubre como un aprendizaje de valor de cara a filmes como La piel que habito (2011) o en su continuación: La ley del deseo (1987).

La ley del deseo (1987) es mi película favorita del director. Un filme pasional, arrebatador y lleno de amor, un amor loco y ciego, en la cuerda floja de la inmoralidad. Su elenco de personajes -Pablo, Tina, Juan- es descomunal, tanto por texto como por la presencia de unos actores en su máximo esplendor -Carmen Maura, Eusebio Poncela. Y sobre ellos, una fiera pasional como lo es Antonio, de apellido Banderas, en una interpretación más cercana a lo animal que lo humano. Con una evolución narrativa asfixiante, cuyo final es puro éxtasis por la vía del deseo y el dolor, que no son acaso lo mismo.

El final de los ochenta e inicio de los noventa suponen la consagración del director, tanto en España como a nivel internacional con cintas como Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988). De esta época me quedo con dos cintas y una actriz común, Marisa Paredes, la chica Almodóvar más crepuscular. Primero, Tacones Lejanos (1991), un thriller desmesurado de carisma en tanto su elenco y su puesta en escena, con un número musical carcelario que es una delicia. Pero sobre todo por un Miguel Bosé excepcional. Juez y verdugo, hombre y mujer acompañado por una Victoria Abril que balanza fragilidad y rabia como si fuese fácil representar el mal de amores.

Aunque donde realmente brilla Paredes es en una gran olvidada, La flor de mi secreto (1995). Amanda Gris acumula éxito tras éxito, mientas Leo (Marisa Paredes) se derrite bajo el peso de su pseudónimo. La cinta, una terapia íntima y una exploración de personaje profunda, nos trae de nuevo a las mujeres dolidas y posteriormente despechadas tan Almodóvar. Funciona tanto por su guion, como en especial por su interpretación con un Juan Echanove, loco enamorado que te arranca amor y lagrimas, y una escena, baile incluido, de no parar de suspirar.

Todo sobre mi madre (1999) es sencillamente una carta de amor. Una carta de amor a las madres. A esas madres que siempre están sufriendo y viviendo, que aman y por eso sufren. Es también una cinta transición. A lo largo de su filmografía, el director se había ido acercando al melodrama, aquí lo abraza al completo, con una escena, la llegada de Madrid a Barcelona, en la que metafóricamente representa la salida del Almodóvar que conocemos hacia uno más apesadumbrado pero con la misma esperanza. En un drama tan singular que nos llega por la universalidad del amor maternal y su pesar.

Con la entrada del nuevo milenio, el manchego ya en lo más alto y con una nueva dirección se arriesga hacia escenas más íntimas profundas sin abandonar su estilo en dos películas masculinas, en cuanto cae el protagonismo en hombres, hombres Almodóvar, hombres que sufren, quieren y desean. Hable con ella (2002) es un delicioso baile entre dos hombres, Benigno (Javier Cámara) y Marco (Darío Grandinetti), que aquejados por la ausencia de la amada, ambas (Leonor Watling y Rosario Flores) postradas en un hospital, encuentran compañía mutua, mostrando dos formas y resoluciones ante la soledad de un hombre. La cinta brilla en un texto excelso, que emociona y con el que consigue compasión por parte de los personajes ante actos que en el fondo son atroces.

Más personal es La mala educación (2004), un re telling de su infancia en clave meta cinematográfica con varias capas interpuestas de la ficción y realidad, que acaso no son lo mismo. El baño de pasado, realidad, ficción te zambulle en una particular cinta que mezcla el coming of age y despertar sexual oculto en un colegio de Jesuitas, con el thriller erótico cambia géneros del mundo del cine. Como si la infancia de Dolor y gloria (2019) se hubiera traspapelado con Tacones lejanos (1991).

En el caso de la siguiente cinta, no sé por donde empezar ni que decir. Volver (2006) paso sobre mí como una apisonadora. Una mezcla del drama y el humor de un Almodóvar que parecíamos haber perdido pero que sigue aquí respirando con más fuerza que nunca. Al borde de la lágrima cuando Penélope Cruz canta Estrella Morente y con un final tan esperanzador y lleno de vida en un continuo mirar atrás para avanzar hacia delante. Diría más, pero soy incapaz de expresar todo lo que me hace sentir y cuanto me recuerda a mi madre.

Dolor y gloria (2019) es la última gran mentira de Pedro Almodóvar. Una cinta que simula ser ficción cuando es un ejercicio terapéutico en la que su director, que no tiene nada más que mostrar, se muestra así mismo. El film a doble tempo nos narra el pasado y presente de Salvador (Antonio Banderas), un director de cine con claros símiles con Almodóvar. Como si Amarcord (1973) y 8½ (1963), se fusionasen en un juego de pasado, presente, realidad y ficción, todo bajo el hilo conector del montaje cinematográfico. Todo en una cinta que respira el mejor cine del director con su forma y el cariz crepuscular del mejor western, aunque siempre dejando una puerta abierta al amor y el futuro.

Ved a Almodóvar. Esto no es más que una carta de amor de una persona que entre sus muchos relatos se ha quedado con un puñado sin querer desmerecer el resto. Me gustaría por una parte reivindicar sus primeras cintas. Si bien he excluido la mayoría, por simples preferencias, son películas clave para no solo la historia de nuestro cine, sino la de nuestro país. Unas pequeñas joyas hechas con cuatro pesetas que reivindican un cine mejor, un futuro mejor y representa la aspiración de un movimiento joven de ruptura, el cual hemos perdido, una juventud hambrienta que se ha aburguesado tras simples pantallas. Viva Pedro Almodóvar y viva el cine español.

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