
GRANDES INFELICES. Luces y sombras de grandes novelistas es un podcast que adoro. En él, el escritor Javier Peña entrelaza la vida y la obra de algunos de los literatos más conocidos en una evocadora y profunda biografía de absolutos clásicos de la literatura universal. Sirve como introducción al mundo del autor, así como de contextualización de sus obras más ilustres. Desde aquí mi recomendación más sincera como admirador del proyecto.
En la nueva temporada, denominada Ciudades y literatura, Peña añade un elemento más a la ecuación literaria: las ciudades. Las ciudades que albergan las historias y en las que habitan sus autores. En el capitulo inicial, una especie de introducción general al tópico, pone el ejemplo de Palermo, la capital de Sicilia, y como inevitablemente ha quedado en la retina colectiva bajo el yugo de una novela. El gatopardo, novela de Giuseppe Tomasi di Lampedusa y posterior cinta de Luchino Visconti, está marcada a fuego en la ciudad. Tanto en calles, parques, carteles, librerías; como en la representación que hace la novela de Sicilia y sus gentes. De sus palacios ruinosos y su actitud crepuscular, todo ello está en la novela, por fortuna y desgracia de los palermitanos. Es por ello que cabe preguntarnos: ¿Qué tanto vive un artista de los espacios que representa? ¿Y qué pasa cuando un autor enraizado en un lugar marcha a otro?
Recientemente, hablé de Almodóvar, un director que es Madrid y que ha llevado la capital de España a todos las salas del mundo. Para bien y para mal, Madrid es parte esencial del cine del manchego. Si bien es cierto que no rompe su estilo cuando sale del microcosmos madrileño, igual también es porque se ha alejado con el tiempo acompañada de una evolución en su estilo que le ha llevado a cuartos y habitación que son indistinguibles geográficamente, aunque siempre puro Almodóvar. Caso similar es el de Federico Fellini. Obviamente Roma ya no es como en La Dolce Vita (1960), pero su imaginario ha calado tan hondo que es imposible no pensar en la capital italiana y verla en blanco y negro, llena de estrellas de cine y luces.
Casos así encontramos a puñados, dando para más de una entrada -se admiten sugerencias-, pero hoy me gustaría fijarme en un caso extraordinario. Wong Kar Wai es el director más conocido y laureado de Hong Kong. De origen chino, pronto se mudaría a la -en aquel momento- colonia británica. Allí crearía una de las filmografías y estilo más reconocibles durante los noventa e inicios de los 2000. Cintas melancólicas en su narrativa, pero brillante en su forma que heredada del cine norteamericano supo crear algo nuevo y muy local. La imagen de esa caótica ciudad y sus barrios, de sus noches y sus carteles de neón, de su submundo y su cultura, toda la concepción de la Hong Kong de los noventas es fruto del cine de Kar Wai en obras como Chungking Express (1994) o Fallen Angels (1995).
Cual fue mi sorpresa al ver la única cinta fuera de Asia del director, My Blueberry Nights (2007). Una cinta norteamericana producida y dirigida por el hongkonés que vive en el mundo del director, pero no funciona. Está su estilo, están sus intenciones, está su mirada, pero todo se siente mal. Se siente vacío, se siente sin alma, sin carisma, como una copia sin serlo. No respira el mismo aire, porque no es el mismo lugar. Nueva York no es Hong Kong y aunque los planos sean iguales y los esquemas de personaje sean calcados no se siente bien. La puesta en escena del director está muy enraizada en Hong Kong, por lo que ni el director consigue trasmitir algo similar, ni nosotros -los espectadores- sentimos lo mismo, porque sabemos que no es lo mismo. Es extraño porque Kar Wai a lo largo de su obra ha experimentado, se ha abierto a formulas diversas -el wuxia con Ashes of Time (1994) o las artes marciales con The Grandmaster (2013)-, aún respetando su propia visión, entonces de ¿quién es el problema? ¿De nosotros qué encontramos una disonancia con respecto a su mundo autoral? ¿O del director qué no entiende EEUU? Porque recordemos que su compatriota John Woo, el director de acción más importante del país y creador de una larga tradición bajo un estilo muy reconocible, también se mudo a Norteamérica donde encontró el éxito absoluto de cintas como Misión Imposible 2 (2000) o Cara a Cara (1997), aunque sea a nivel comercial. Bueno, y más importante, existe Happy Together (1997), una cinta de Wong Kar Wai que mayormente acontece en Buenos Aires (Argentina) y se encuntra sin duda entre sus mejores trabajos. ¿Qué ha cambiado? ¿El director o el capital?
Es una cuestión que carece de una respuesta fácil o una solución. Entramos en terrenos pantanosos, los de la representación, la voz y el derecho a expresarse y representar algo que no has vivido. Además de los obvios referentes a la evolución del cineasta. Aunque cabe una posible solución, que simplemente sea una mala película. ¿Qué? Nadie es perfecto.
¿Vosotros que opináis? Si se abre debate me gustaría explayarme y explorar temas similares.
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