Un oficio del siglo XXI

por Darío Calvo

Defendiendo la política de autores. Tu blog de cine amateur.

(Primero de todo, y con el fin de realizar una crítica a la película y dejarnos de interferencias externas, dejaré a un lado, una de las noticias más importantes de la historia de la industria. Netflix está en proceso de adquisición de Warner Studios. En proceso, ya que aún queda la declaración por parte de los organismos norteamericanos, que puede en última instancia vetar la compra por practicas monopolísticas. Todo está por ver, tanto en la compra como en el resultado de la misma.)

En una escena tan simple como la siguiente, obtenemos todo el contexto necesario para comprender de donde parte Jay Kelly (2025). George Clooney, interpretando al protagonista y personaje que da nombre a la cinta, se limpia la cara en el espejo de un baño. Se observa con cara apesadumbrada y dice: «Gary Cooper, Cary Grant, Jay Kelly…». Como un más que claro homenaje a una de esa «últimas» estrellas de Hollywood, Noah Baumbach ha creado una película para Clooney, cambiando su nombre, pero no su apariencia ni persona.

Jay Kelly es una estrella de cine como pocas. Su rostro es omnipresente y su trabajo le ha alejado poco a poco de familia y amigos hasta quedarse únicamente con un reducido grupo de representantes y maquilladores que le siguen a donde quiera que vaya. Estos últimos, encabezados por un dulce y atacado Ron, en un papelazo de este camaleón llamado Adam Sandler -sí, es un muy buen actor, aunque no lo demuestren el cine al que nos tiene acostumbrado-, un guía y amigo, que, como el propio Kelly, antepone trabajo a familia. Tras la muerte del director que le dio su primer papel, el actor entrado en la decadencia crepuscular de los sesenta, se dará cuenta de que algo falta y ese algo es todas aquellas personas que ha perdido por el camino.

La cinta se articula como un viaje tanto real como metafórico por la vida del actor de camino a un homenaje en la Toscana. Un viaje que mezcla emoción, drama y el fantasma de las decisiones pasadas. No reinventa la rueda, pero se luce por su buen gusto y su mezcla de comedia y drama personal, en lo que se desenmascara como una fiesta hacia esa cara sonriente que invade nuestro televisor con cada anuncio de Nespresso. Lo deja claro su final, un montaje que lacrimógeno y una escena deliciosa como el encuentro con desconocidos en el tren. Obviamente, son problemas de ricos, pero tanto Clooney como Sandler disfrutan como niños en un viaje que tiene mucho de baile final. No faltan, pese a ello, problemas. Por una parte, el exceso de melodrama en determinadas escenas y, sobre todo, un constante atasco y repetición de tramas y problemas. Pasada la hora y sus mejores escenas, se empieza a volver una espiral de repetición de discursos y situaciones que pierde por completo al espectador. Además, si bien sus ensoñaciones a modo de flashback, inicialmente son de lo mejor de la cinta, se vuelven repetitivas e insulsas, en especial, una escena en el bosque, justo en el final, que es una clase maestra de mal gusto y poca imaginación expresiva.

La repetición y la falta de ideas son el principal problema de un guion coescrito entre Baumbach y la actriz Emily Mortimer. La puesta en escena es muy clásica, muy del Hitchcock de Atrapa a un ladrón (1955) y de ese gusto del Hollywood clásico por la Europa a ferrocarril del Mediterráneo francés e italiano. Es una puesta en escena simple, pero que deja a los actores moverse y brillar. Trajes caros, palacios en la Toscana y jets privados… Aunque por momentos parece faltar un poco de alma y se sienta artificial y demasiado atrezzo.

El cuarto filme del neoyorkino para Netflix, aún con sus problemas se disfruta como un homenaje a las estrellas de Hollywood de toda la vida, que desde su torre de marfil, marcan las etapas de nuestras vidas y aún pareciendo mitos clásicos son de carne y hueso.

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